Pearl Harbor: ataque ¿sorpresivo? al orgullo norteamericano
GISSELLE MORALES RODRÍGUEZ
Lejos de la maltratada Europa, Estados Unidos ha tenido la oportunidad de desarrollarse aceleradamente, sin contratiempos. El océano Atlántico lo separa del viejo continente, tan arrasado por los conflictos bélicos a gran escala que resulta sorprendente su poder de recuperación.
El siglo XX fue testigo de dos conflagraciones mundiales que laceraron las relaciones entre países y los recursos naturales. ¿El escenario? Europa, sus ríos, valles, macizos montañosos y ciudades que se reponen en un incesante resurgir de entre las cenizas.
Por su parte, Estados Unidos nunca cambia la estrategia: aguarda, saca partido y luego, cuando el conflicto está a punto de resolverse, interviene. Nunca la guerra le afecta directamente: los marines son enviados a Europa, a pelear lejos del suelo yanqui, a librar batallas cuando ya han muerto millones de seres humanos.
Así pasó en la Primera Guerra Mundial. Desde 1914 Estados Unidos se convirtió en el proveedor de todos los países de la Entente, pues era la única nación con una industria capaz de producir el 64 por ciento del petróleo mundial, el 39 del carbón, el 36 del hierro y las dos terceras partes del cobre y el algodón. Se enriqueció de tal forma que en apenas cuatro años y tres meses de guerra, la balanza comercial del imperialismo yanqui obtuvo ganancias más ventajosas que en 125 años (1788-1914) de historia anterior.
Los intereses de Estados Unidos estaban, por tanto, del lado de la Entente, lo que lo llevaría a luchar junto a ella para velar por el progresivo cumplimiento de todos los empréstitos y acuerdos comerciales. Tal vez por eso Woodrow Wilson entró en el conflicto cuando Alemania declaró la guerra submarina sin restricciones: ya era tiempo.
POLÍTICA DE ¿NO INTERVENCIÓN?
En la Segunda Guerra Mundial la situación se perfiló diferente. Franklin Delano Roosevelt, presidente de Estados Unidos desde 1932, había logrado sacar al país de la gran crisis económica con la aplicación de medidas proteccionistas tanto en el orden interno, como en política exterior.
Antes del estallido de la cólera fascista, Estados Unidos, junto a Gran Bretaña y Francia, lejos de poner obstáculos a Hitler y Mussolini, los apoyaron. Veían al nacional-socialismo como la única barrera capaz de contener al "peligro rojo"; la política de "no intervención" era en realidad la expresión más obvia del deseo que albergaban de desgastar a Alemania y a la Unión Soviética en una guerra entre ambas naciones.
Solo cuando en 1939 Hitler se lanzó sobre Occidente y no contra el "comunismo bolchevique", las potencias imperialistas se dieron cuenta de su error. Para Gran Bretaña y Francia ya era demasiado tarde: pero Estados Unidos estaba lejos.
Se abstuvo durante 1939, 1940 y los primeros once meses de 1941. El apoyo tibio que enviaban a Gran Bretaña no bastaba, la opinión pública mundial comenzó a preguntarse por qué Estados Unidos se retraía del conflicto.
El 7 de diciembre de 1941, sin previa declaración de guerra, el Japón militarista atacó la base naval yanqui de Pearl Harbor, en las islas Hawai. Estaban allí fondeados 96 navíos estadounidenses, entre ellos, ocho acorazados.
El ataque fue devastador; el balance, desastroso: los acorazados quedaron fuera de combate, muchos cruceros fueron hundidos o averiados, más de 500 aviones destruidos y aproximadamente tres mil 500 muertos, heridos o desaparecidos. Sin embargo, a pesar de las pérdidas materiales y humanas, lo más dañado ese 7 de diciembre fue el orgullo nacionalista norteamericano. Confiaban en que Japón atacaría a la URSS, recién involucrada en el conflicto el 22 de junio de ese mismo año, confiaban en poder destruir a ambos enemigos en una guerra de desgaste, pero la tierra de los samuráis se decidió por su eterno rival en la zona del Pacífico. Roosevelt no lo pensó dos veces: intervino en la guerra, quizás antes de lo que había previsto.
DOS POTENCIAS IRRECONCILIABLES
La entrada de Estados Unidos en el conflicto mundial es un tema harto debatido por los historiadores, pues la actuación de una u otra parte aún no están lo suficientemente claras. Para los "revisionistas", la responsabilidad de Roosevelt es enorme. Hubiera podido evitar enrolarse en la guerra ya que, según estos estudiosos, las potencias del Eje no amenazaban realmente al imperialismo norteamericano. La política del presidente, por tanto, al alejarse del aislacionismo a partir del verano de 1940, fue la principal causa de que Estados Unidos se viera atrapado en ese engranaje irresistible.
Sin embargo, Jean Baptiste Duroselle en su libro Europa de 1815 hasta nuestros días: vida política y relaciones internacionales, tilda de absurda esta postura historiográfica.
Su opinión al respecto es indiscutible: " algunos han llegado incluso a acusar a Roosevelt de saber por anticipado, descifrando los mensajes secretos de las radios japonesas, que Pearl Harbor iba a ser atacado, y de no haber dispuesto ninguna precaución, a fin de arrastrar al pueblo americano a la guerra. (…) Esta hipótesis es absurda y sin ningún fundamento preciso…".
No obstante considero, a diferencia de Duroselle, que la culpa, si bien no totalmente, pero en parte le corresponde a la actitud pasiva de Franklin Delano Roosevelt, pues no era imposible imaginar un hecho como ese dada la cercanía geográfica con Japón.
G. Deborin en su ensayo político-militar La Segunda Guerra Mundial, redactada bajo la asesoría del General Mayor I. Zubkov, esgrime varias razones que incitan a pensar sobre la responsabilidad del gobierno estadounidense en el desastre de Pearl Harbor.
Este historiador comienza realizando un esbozo de las relaciones Japón-Estados Unidos desde antes del suceso. Y es que el nudo de contradicciones interimperialistas en la zona del océano Pacífico surgió al empezar la época misma del surgimiento del imperialismo. Desde entonces las desavenencias fueron aumentando y la política expansionista de Estados Unidos chocó cada vez más con las aspiraciones hegemónicas del Japón.
Este último invadió la Manchuria y luego, el 1937, otras partes de China, atacando directamente las posiciones de sus rivales Gran Bretaña y Estados Unidos. No obstante, los gobiernos de estas potencias pretendían encauzar la agresión nipona por el este hacia la Unión Soviética. Lo que desconocían las naciones occidentales era que Japón las atacaría a ellas mismas luego de que se produjera la agresión alemana a la URSS.
En enero de 1941 empezaron las conversaciones extraoficiales nipo-norteamericanas con vistas a resolver las principales contradicciones en el Pacífico. En representación de la parte japonesa participó el coronel Hashimoto, líder del partido fascista El dragón negro, quien dialogó con altos funcionarios del Departamento de Estado norteamericano para preparar conversaciones a un más alto nivel, programadas para marzo de ese año.
Para sostener las negociaciones con carácter secreto, fueron facultados el embajador de Japón en Estados Unidos, almirante Nomura y el secretario de Estado norteamericano, Hull. Al iniciarse el diálogo, el gobierno estadounidense ya sabía que Alemania invadiría la Unión Soviética, por lo que quiso concluir con el archipiélago un acuerdo que resolviera los problemas entre ambas naciones para, de esa forma, dejarle las manos libres a Japón en su "supuesto" ataque al comunismo. El alto mando norteamericano iba cayendo poco a poco en la trampa creada para la URSS.
A pesar de las concesiones recíprocas, la agudeza de las contradicciones nipo-norteamericanas obstaculizaba la conclusión de un acuerdo. La histórica rivalidad entre ambas potencias, unido al hecho de la heroicidad del pueblo soviético, hicieron que Japón se decidiera. Teniendo en cuenta la capacidad de la URSS para rechazar al agresor nazi, y no deseando prestar apoyo militar directo a la Alemania hitleriana a expensas de su propio debilitamiento, Japón resolvió atacar las posiciones de Estados Unidos y Gran Bretaña en el Pacífico.
En otoño de 1941 el gobierno japonés comenzó a inclinarse por este plan. Ya el 5 de noviembre se tomó la decisión definitiva de atacar a Estados Unidos, y las acciones serían:
1.-Iniciar las hostilidades a comienzos de diciembre. Ordenar al ejército y a la marina que ultimaran los preparativos para el desenvolvimiento de las operaciones.
2.-Proseguir las negociaciones con los Estados Unidos de acuerdo con el plan (para distraer la atención del gobierno norteamericano y asegurar lo sorpresivo del golpe que se preparaba).
3.-Intensificar la colaboración con Alemania e Italia.
4.-En vísperas del comienzo de las hostilidades, establecer relaciones militares secretas con Tailandia.
A la par que proseguían las negociaciones, el alto mando nipón ultimaba los detalles del ataque sorpresivo. El 25 de noviembre la unidad operativa japonesa encargada de la agresión a Pearl Harbor recibió la orden de hacerse a la mar, "avanzar con el mayor secreto hacia las aguas de Hawai y, en el momento de romperse las hostilidades, atacar a las principales fuerzas de la marina norteamericana, a fin de asestarles un golpe mortal (…) Terminado el ataque aéreo, la unidad debe abandonar rápidamente las aguas y regresar al Japón."
INTERCEPTANDO LAS ONDAS RADIOFÓNICAS
Sin embargo, todos estos planes japoneses pudieron ser interceptados por Estados Unidos. En octubre de 1941 el espionaje norteamericano se apoderó de las claves utilizadas en las cifras niponas, lo que les dio la posibilidad de descifrar los radiogramas. Con un arma como esa en las manos, ¿los yanquis dejarían de utilizarla? Muchos de los mensajes captados por el servicio de información de los Estados Unidos contenían alusiones directas a la agresión que se tramaba.
Por ejemplo, en un radiograma de Tokio al embajador japonés en Berlín, se decía: "Comunique en el más absoluto secreto a Hitler y Ribbentrop que nos encontramos ante el peligro extremo de que pueda estallar súbitamente una guerra entre el Japón y las potencias anglosajonas y que esta guerra pueda empezar mucho antes de lo que nadie se imagina". Más claro, imposible.
En cuanto a la fecha de ataque, los radiogramas japoneses daban elementos que permitían determinarla aproximadamente. El 22 de noviembre fue trasmitido de Tokio a Washington, para Kurusu y Nomura, un radiograma cifrado en el que se hacía referencia a finales de dicho mes como fecha tope. El 3 de diciembre el servicio de información estadounidense captó un despacho de Tokio a la embajada japonesa en Washington ordenándole que destruyera los documentos secretos, sobre todo los cifrados. Según Deborin, un día antes del ataque, el 6 de diciembre se captó un radiograma que ordenaba la entrega de la declaración del gobierno japonés a los Estados Unidos el 7 de diciembre a la 1:00 de la tarde, hora de Washington. Con tanta precisión de fecha y hora, ¿por qué los Estados Unidos no actuaron?
No es entonces tan absurda, como sostiene Duroselle, la parte de responsabilidad norteamericana en el ataque que, en realidad, no fue tan sorpresivo. Hull, el secretario de Estado norteamericano señaló más tarde que "estaba al corriente de todos los radiogramas captados (…) Toda la información que recibimos durante el período mostraba claramente que Japón se disponía a realizar la agresión". Y es que hasta la posible zona del golpe ya estaba sobre aviso, porque en la temprana fecha del 27 de enero de 1941, el embajador de Estados Unidos en Japón, Joseph Grew, comunicó a Washington que las fuerzas armadas niponas preparaban un ataque por sorpresa a Pearl Harbor. El gobierno americano sabía, además, que espías alemanes y japoneses recogían datos sobre la base naval: las islas Hawai eran el escenario propicio para encontrar a "pescadores" nipones que fotografiaban, medían las profundidades y estudiaban las coordenadas.
Los datos estaban ahí, solo se trataba de unirlos y, al menos, prevenir las futuras consecuencias de la agresión. La única medida tomada por Estados Unidos fue una advertencia que se envió a los jefes de las unidades navales y militares del Pacífico sobre una "posible" guerra entre Estados Unidos y Japón. Después de esta "advertencia" fueron anuladas todas las medidas de precaución.
Además, el mando norteamericano, haciendo caso omiso a la posibilidad de ataque nipón, desdeñó los serios defectos de la base de Pearl Harbor. La rada era angosta, solo 500 metros de anchura y 12 metros de profundidad, lo que la hacía vulnerable. La única salida pasaba por un arrecife de coral, por lo que podía ser fácilmente convertida en una ratonera en caso de embotellamiento.
¿Cómo descuidarse tanto si no es porque ya se tiene planeada la reacción? ¿Cuán inesperado fue el ataque si la rivalidad nipo-norteamericana es histórica, y varias semanas antes ya se conocía en la Casa Blanca fecha y lugar del golpe?
¿ATAQUE IMPREVISIBLE?
El ataque japonés a Pearl Harbor, según Deborin, condujo a una derrota —sin precedentes en la historia de las guerras navales— de las principales fuerzas de la marina norteamericana en el Pacífico. En apenas una hora y 50 minutos se causaron graves daños a los pertrechos norteamericanos pero, sobre todo, a su status de nación intocable. Ya Roosevelt podía entrar en la guerra y responder a la opinión pública norteamericana que reclamaba de su gobierno una intervención directa contra la cólera fascista.
Más allá de las posiciones diversas de historiadores y estadistas, los hechos están claros. Tal vez Jean Baptiste Duroselle no tenía esos elementos a mano, tal vez no era su intención responsabilizar a nadie. Lo cierto es que en Washington se conocían los datos y, cegados por el anticomunismo extremo, prefirieron descuidarse. Optaron por aguardar de brazos cruzados el ataque a Pearl Harbor, hecho que, en mi opinión, no fue ni tan sorpresivo, ni tan inevitable.
Bibliografía:
Deborin, G.: La Segunda Guerra Mundial, Editorial Orbe, La Habana, 1977
Duroselle, J. B.: Europa de 1815 hasta nuestros días: vida política y relaciones internacionales, Editorial Labor, Barcelona, 1992.
Tarle, E.: Historia de Europa (1871-1919), Editorial Pueblo y Educación, Ciudad de La Habana, 1982
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Pearl Harbor: ataque ¿sorpresivo? al orgullo norteamericano
por AlexisRojas
@ Viernes, Jul. 04, 2008 - 08:12:32 am
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los mismo hicieron con el WTC o torres gemelas. Ya en un futuro se sabrá exactamente de qué manera lo organizaron. Es una ecuación sencilla para involucrarse y obtener buenos dividendos. Slds - Orly
| AlexisRojas [Miembro] 05.07.08 @ 00:10 |
Siempre igual, el mismo esquema, el Maine, el incidente del Tonkin, Pearl Harbor, las torres gemelas, la ecuación repetida una y otra vez...Un día se sabrán todos los detalles del último autogolpe para...involucrarse y obtener buenos dividendos, los que detentan el poder, los que acumulan los dineros.
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